Ella misma se encargaba de aclarar (por si alguien lo dudara) que de joven había sido muy linda. Solía andar de acá para allá regalando siempre una sonrisa. Paseaba por las calles siempre a la moda hecha con sus propias manos: tacos altos, vestido entallado en la cintura, cabello corto y labios gruesos y sensuales. Poco maquillaje y tímida simpatía eran sus características más sobresalientes.
La señorita de los jazmines. Así la conocían en el barrio que la vio nacer. Nada de fulana o mengana. Nada de ser "la hija de". Amaba los jazmines por su perfume y cada vez que llegaba la época se acercaba al puestito de flores para comprar un ramito, y otro y otro más.
Carácter fuerte, temperamental, trabajadora y sincera, por sobre todas las cosas, eran sus cualidades.
Se llenaba de orgullo cada vez que podía, aclarando que sabía coser, bordar y tejer. Y lo hacía muy bien. Me consta. Era hábil para todas las tareas manuales y era capaz de reciclar cualquier porquería vieja transformándola en algo de gran utilidad.
Cocinaba de maravillas y recordaba que aprendió a hacerlo cuando todavía de adolescente tuvo que hacerse cargo de la casa ya que sus padres trabajaban todo el día. Era hija única y esa mochila que cargó de por vida le sirvió para aconsejarme insistentemente que no me quedara sólo con "M".
Casi a los 30 se casó. Concretó su deseo de ser madre. Fue una "ama de casa" con todas las letras y conservó siempre su pasión por dos hobbies: hablar inglés y la pintura. Estudió ambas cosas y colgó varios diplomas de cuanto curso se le ocurrió hacer.
Con los años, fue perdiendo su cintura, se le afinaron los labios y comenzaron a asomar algunos signos que le confirmaban el paso del tiempo. Pero siguió manteniendo el mismo espíritu de siempre.
Ya no le apasionaba la cocina, pero la pintura era su cable a tierra y disfrutaba enchastrando telas. Conservó su fuerte carácter y su poco discreta sinceridad. Pero no le importaba. Ella era así.
Ya no le apasionaba la cocina, pero la pintura era su cable a tierra y disfrutaba enchastrando telas. Conservó su fuerte carácter y su poco discreta sinceridad. Pero no le importaba. Ella era así.
Nunca dejó de amar los jazmines. Esos que la caracterizaron cuando joven y la acompañaron en su madurez inclusive cuando su espíritu y sus fuerzas habían comenzado a decrecer.
En julio de 2010, festejó sus 80 años. Decía que le pesaban sus "achaques" pero aún así se sintió feliz. Consideraba que ya había cumplido su ciclo y tenía muy claro que a partir de ese momento, cada nuevo día sería un regalo del cielo.
Hoy debería estar festejando los 52 años de casada con su compañero de toda la vida. Al que quiso. Al que peleó. Al que enojó tantas veces y también el que hoy la extraña. Pero estoy segura de que, desde algún lugar está lista para brindar con él. Como siempre.
Llevo mucho de ella en la sangre. Su caracter, su sinceridad y su mismo temperamento. Pero por sobre todas las cosas, heredé su amor por la familia y sus ganas de pelearla día a día.








