No pude evitarlo. Después de este agitado y tedioso año lectivo, supuse que lo de hoy sería nada más que un trámite.
Sin embargo, unos cuantos lagrimones cayeron por mis mejillas. Tuve una mezcla de alegría y tristeza. Igual que él.
Cuando le entregaron su diploma, se quebró y al verlo así, me quebré yo también.
Mi hijito, desde que comenzó el año, tuvo como meta la llegada de un nuevo trimestre de vacaciones de verano. Pero desde hace una semana tomó verdadera conciencia de este final de etapa por el cual transita hoy.
Acaba de terminar su escuela primaria y con ella, acaba de cerrar un ciclo de su vida.
A lo largo de su 7º grado, disfrutó y al mismo tiempo maldijo cada rincón de su colegio. Fue escolta en varias oportunidades y también abanderado.
No se perdió de nada. Hizo lo mismo que cualquier chico de su edad en un ámbito que adoptó como propio. Porque en realidad, desde hace 10 años, aquel fue su lugar.
Hoy se lleva una mochila repleta de conocimientos y a su vez, de recuerdos que conservará durante toda su vida.
Está en plena formación. Se que aún me queda un largo camino para acompañarlo. Pero se está convirtiendo en una personita segura, sincera y responsable.
Sólo puedo decirle que lo que le pasa es normal. Esto es parte de la vida y hay que aprender a acostumbrarse. Si nos quedáramos siempre en el mismo lugar, no creceríamos y crecer significa aprender, madurar, reír y por qué no, llorar.
También puedo aconsejarle que recuerde todo lo vivido con cariño. Que trate de ser feliz a cada momento y que disfrute del presente sin adelantarse en el tiempo.
Inclusive puedo recomendarle que consiga con esfuerzo, que cada nuevo día sea el mejor de su vida. Porque ese, es el objetivo final.
Pero más allá de todo, más allá de las palabras, quiero que siga creciendo, que siga confiando en mí y que sepa que en su mamá siempre encontrará la contención que necesite. Como hoy cuando no pudo más y se largó a llorar.
Hijito mío: TE AMO Y ESTOY ORGULLOSA DE VOS.





